El pecado o algo parecido
Domingo, 31 de Octubre de 2010 00:00

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La historia arranca con un original episodio: un caballero honorable muere en una casa de citas y para evitar complicaciones lo bajan a la calle y lo sientan en un banco de la plaza. Aparecen dos curas, toman al difunto como si estuviera dormido, lo meten en un coche y se lo llevan. Crimen y misterio. Con este sorprendente comienzo, González Ledesma descubre dos claves de la novela, una habitual en el género criminal al que pertenece, el misterio, y otra infrecuente, un atractivo tono esperpéntico. Poco después de ese suceso nos llega noticia de un horrible crimen cometido con sadismo. Ya tenemos el otro factor fundamental del libro, la violencia. Y a partir de aquí, según los cánones del relato criminal, avanza la historia hasta su desenlace con el esclarecimiento de los hechos y el castigo de los criminales. Y utilizo el plural porque varias son las tramas que componen el complejo diseño de corrupción y pasiones que dispone el autor para ilustrar su negativa visión de la naturaleza humana.

 El barcelonés Francisco González Ledesma es un narrador veterano y solvente que pone en juego su pericia narrativa y su destreza en el género policiaco en esta nueva novela suya.

En ella retoma al policía Méndez, un personaje que responde al patrón del tonto-listo, pero al que traza con rasgos verdaderamente atractivos. Lo lleva y lo trae por varios escenarios (Madrid, Barcelona y París), lo coloca frente a situaciones delictivas muy complicadas y juega bien con sus cualidades de sabueso triste, discreto, honrado y recto para desvelar los motivos nada simples del comportamiento de los varios criminales que desfilan por la novela. Materialismo endémico En la bien trazada y convincente personalidad de Méndez, mezcla de escepticismo y pundonor, reside uno de los atractivos de El pecado o algo parecido. Con la cual, además, se despliega una crítica muy ácida de las relaciones humanas en la sociedad actual. Y esa crítica adquiere dimensiones de alegato social de extrema dureza por medio del rosario de delitos de toda clase cometidos en la obra. El resultado es desolador: el materialismo más craso, los instintos más primitivos, la inmoralidad más absoluta dominan la sociedad finisecular.

Estos componentes y ese sentido no constituyen novedad sobresaliente en el género al que pertenece la novela de González Ledesma. Pero deben subrayarse los aciertos singulares del presente caso: un ambiente de corrupción descrito con plasticidad y eficacia, a pesar de que los diálogos entre Méndez y el principal de los criminales, un poderoso financiero, rocen la inverosimilitud; un nutrido grupo de personajes, algunos sólo entrevistos, pero otros dotados de profundidad psicológica. A estos materiales que conforman la trama hay que añadir algo más. Un punto de vista irónico que subraya los equívocos y la miseria moral dominantes en el mundo moderno. Y una facilidad para la lengua conversacional que produce momentos muy divertidos gracias a una buena mezcla del sarcasmo, el equívoco y el uso generoso de la escatología.