Arte robado y falsificado en la Argentina
Escrito por Carmen Orus
Jueves, 10 de Febrero de 2011 10:38
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localizacion arte robado y falsificado

 

 "El tipo desenrolló la tela en silencio, antes de extenderla sobre una mesa. El otro tipo retrocedió unos pasos para así poder contemplar sus formas.
Ese hombre se llamaba Abel Epstein, tenía 50 años y era un próspero agente bursátil que solía mitigar el vértigo de su oficio con un hobby que despuntaba no sin avidez: coleccionar obras de arte. Al respecto, en su caserón del barrio de Belgrano atesoraba tres cuadros de Antonio Berni, dos de Pedro Figari, un dibujo a lápiz de Henry Matisse y una acuarela de Auguste Rodín que le había comprado por unos pocos pesos a un colega en bancarrota. Ahora, durante esa tarde otoñal de 1964, tenía ante sí una oferta tentadora: El violinista, de Raúl Soldi. Y él, que presumía ser un avezado connaisseur, no tenía duda alguna de que se trataba de una pintura auténtica: los trazos tenues y la luz azulada, casi difusa, del retrato en cuestión encajaban de una manera cabal con el estilo de su autor. Y su precio –apenas unos quince mil dólares– era irrisorio; según su propia estimación, dicho lienzo valía el triple. Tanto es así que estuvo a punto de cerrar el trato en aquel momento. Pero, de pronto, algo lo freno. Tal vez lo haya acobardado el aspecto del marchand. Éste lucía un traje de mezcla, acaso con demasiada fibra sintética. En su forma de moverse subyacía una impronta arrabalera. Y sus ojillos pardos irradiaban un extraño brillo.
Epstein no tardó en preguntarle como esa obra había llegado a sus manos.

 

El otro –que decía llamarse Julio González– enarcó las cejas, como ofendido por la consulta. Finalmente, desgranaría su respuesta.
En resumidas cuentas, aseguró haber sido uno de los directivos de la revista Continente, un mensuario especializado en artes plásticas que por esos días ya no salía. En sus páginas se reprodujeron algunos trabajos de Soldi; entre ellos, el que ahora intentaba comercializar. De hecho, sobre el dorso de la tela había un pequeño sello en el que resaltaba la palabra “Continente” y, más abajo, una fecha sin indicación del año. Según González, el pintor no se habría ocupado de recuperar ese cuadro. Y así fue como quedó en su poder.
El coleccionista lo escuchaba con una fingida deferencia.
Pero lo cierto es que su percepción acerca de la autenticidad del lienzo había dado un giro de ciento ochenta grados. En consecuencia, dijo que necesitaba unos días para decidirse. González quedó en llamarlo hacia el fin de semana.
El siguiente paso del Epstein consistió en acudir a una galería de arte situada en Santa Fe al 1100, cuyo dueño era Moisés Yahbes. Su propósito era pedirle alguna referencia acerca del individuo con el que acababa de estar.
Yahbes frunció la nariz al oír su nombre. Y, simplemente, dijo:
– Ese tipo es más falso que los cuadros que trafica.
Sabía de lo que hablaba.
Poco antes, González había aparecido en su local para ofrecerle seis dibujos firmados por Soldi. También tenían el sello de la revista Continente. Y Yahbes no dudó en adquirirlos por un precio inferior a su cotización real. Pero grande sería su sorpresa cuando el propio Soldi le confirmó que los mismos no eran de su autoría. Y que ni siquiera eran copias de originales suyos sino versiones libres en las que el falsificador sólo se limitó a plagiar su estilo. En cambio, los sellos eran legítimos.
No menor, desde luego, fue la desazón de Epstein, ya que se resistía a creer que El violinista, cuyos detalles había examinado con rigor, fuera en realidad una obra falsificada. Sin embargo, deseaba encontrarse otra vez con Gonzáles, aunque más no sea que para ratificar el carácter apócrifo de esa pintura y, de paso, poner en aprietos al estafador.
Pero éste nunca volvió a comunicarse con Epstein.
Al tiempo, el coleccionista supo que, en efecto, existía una tela de Soldi que se llamaba así. Y que en marzo de 1949 fue reproducida en una página doble de la revista Continente. Epstein no demoró en conseguir un ejemplar de aquel número. Entonces cayó en la cuenta de que la versión impresa del cuadro –sin dudas, la verdadera– no difería en nada del que él había tenido ante sus ojos. Ello lo llevó hacia la siguiente pregunta: ¿El lienzo en poder de González era una falsificación perfecta o se trataba del original? Tal enigma lo perseguiría a través de los años.
Hasta el 12 de septiembre de 1991.
Ese día, sorpresivamente, su mirada volvió a toparse con los trazos etéreos de aquel retrato. Pero esta vez emitidos por la pantalla de un noticiero.
Fue también el último acto de una historia de ambición, locura y muerte que había comenzado hacia casi cuatro décadas."

 

 

RICARDO RAGENDORFER.

http://sur.elargentino.com/blogs/ricardo-ragendorfer

Última actualización el Viernes, 05 de Agosto de 2011 17:16