Arte robado y falsificado

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"Los grandes robos de arte nunca se hacen por dinero"

Erik "El Belga", el ladrón de piezas artísticas más importante del siglo XX

 René Alphonse van den Berghe más conocido por Erik «el Belga», el ladrón de arte más importante del siglo XX -según la Policía, que lo subraya con un «sin exagerar»- es a sus 63 años, un hombre de Dios, en el sentido literal de la expresión. Una especie de milagro plagado de achaques. Quién lo diría después de haber sido acusado de desvalijar gran parte de las iglesias y ermitas de Cataluña, Castilla y León, Castilla-La Mancha y Galicia, de donde las muestras del románico, hace cuatro lustros, volaban. ¡Pero si el párroco de la catedral de Roda se pasó 16 años durmiendo en el templo por temor a que Erik volviera después de que le expoliara hasta la última talla en uno de sus golpes más sonados! Cómo iba a pensar que aquel ladrón arrepentido le regalaría tiempo después una colección de pinturas para subastar y reparar el retablo catedralicio. Cómo siquiera intuir que de la mano de aquel bandido saliera dos décadas después la imagen de la Virgen de la Cabeza a la que la localidad granadina de Cullar Baza procesiona y reza, tras el robo de su Virgen verdadera. De dónde imaginar que incluso para Ella haya pintado toda una galería de cuadros lo que la convierte en la única Virgen dueña de una cotizada colección de arte que se inauguraba ayer. Y eso que me dice su mujer que es mejor tallista que pintor «porque falsificó el retablo de Oberwesel, se lo vendió a los alemanes y tardaron 20 años en darse cuenta de que era imitación. Lo hizo como venganza por el Holocausto, donde su padre padeció en un campo de concentración. Pero ahora -repite- es un hombre de Dios que solo hace el bien, pinta y dona obras, expertiza y restaura».

Pregunta.- Parece mentira el vuelco que ha dado su vida.

Respuesta.- Mi amor al arte lo tengo desde que era niño y nunca en vida he hecho otra cosa que ser marchante de obras. Nadie me conoce y todo el mundo habla. Yo en España jamás he sido condenado por un delito como no lo he sido por ningún robo en Europa. Entonces, qué más me da arrastrar esa fama. Vivo feliz admirando la belleza. Pero me limito a aconsejar con tanta experiencia.

P.- A la que tantas veces han recurrido tras un robo.

R.- He tenido un volumen de negocio de arte tan importante que prácticamente me conozco a todo el mundo, por eso cuando roban alguna pieza recurren a mí para que les pueda aconsejar, siempre colaborando con la Policía para que aparezca la obra en España y no para meter a nadie preso, siempre sobre cosas prescritas hace veinte años.

P.- ¿Qué tendrán en la cabeza los ladrones de «El Grito», cómo pensarán colocarla en el mercado?

R.- No se puede, es imposible colocarlo si antes de robarlo no tienes un cliente. Detrás de ese robo a mano armada puede estar un cliente que lo ha encargado y que conoce bien al pintor y conoce el mensaje místico que da con su expresión del sufrimiento. Después del gótico y del románico, sólo Edward Munch ha podido transmitir un mensaje místico a través de su pintura. Ni Goya, ni Velázquez, ni Renoir.... Nadie en el mundo va encargar robar un cuadro de estos dentro de un museo como el Prado o similar a mano armada porque perdería el placer de contemplarlo: verá siempre la pistola metida en el cuadro. Esto es muy importante porque los grandes robos de arte nunca se hacen por dinero.

P.- Entonces ¿quién podría ansiar hasta ese extremo el munch?

R.- Alguien que se quiera apoderar de su mensaje de tristeza y desesperación. Pienso que los que han hecho el trabajo no tienen nada que ver con el comprador, sino que se trata de profesionales que han cobrado por su trabajo y punto, porque estas personas que hacen estos atracos los hacen igual en un banco y sacan muchísimo más que llevándose un cuadro de un museo que una vez fuera de él no vale un duro. Por eso los seguros de los museos son desorbitantes y ridículos porque si alguien roba un cuadro ya no vale nada porque nadie lo va a comprar. No es costumbre de un coleccionista internacional mandar actuar así, porque los conozco prácticamente a todos. Lo del rescate tampoco lo veo: si hay una persona a la que se amenaza con quitarle la vida puede haber un rescate, pero si hay un muerto, es decir un cuadro, la policía tiene todo el tiempo, y le aseguro que al final consigue recuperarlo, porque hasta hoy siempre se ha conseguido. Un atracador profesional sabe seguro que va a ir a la cárcel si pide un rescate. Este cuadro ya fue robado y eso era porque entonces ya tenía un cliente (se ríe), y ahora se ha contado con profesionales de categoría capaces de hacer este robo sin una gota de violencia porque si no el cliente tampoco lo hubiera podido disfrutar. Nunca he tenido un cliente que me haya pedido ir a robar una Virgen gótica mística a punta de pistola.

P.- Pero sí de los que le pedían que fuera a robar con guante blanco.

R.- Nunca. Yo tenía lo que era capaz de encontrar.

P.- Dice que no van a matar el cuadro, pero hay antecedentes como el dalí que se llevaron unos funcionarios de la cárcel de Nueva York y que acabaron destruyéndolo.

R.- No es lo mismo. Aquí he visto trabajar a profesionales que no lo hacen por menos de un pago en «cash» de 50 millones de pesetas. Porque ellos con el cuadro ¿qué van a hacer? Estudie a Edward Munch y se dará cuenta de que no tiene nada que ver con Klee ni con Gibert ni con ningún otro. Munch era un pintor distinto. Puede tratarse de una persona enfermiza como el pintor y que lo haya encargado por el simple deseo de tenerlo. Si se pone frente a «El Grito» se le apaga su sufrimiento porque ve que este hombre ha sufrido veinte veces más que usted.

P.- Es un antídoto contra el pánico.

R.- Sí, sí. Sólo puede darse esa hipótesis. No conozco a nadie, y menos a un mafioso, tan imbécil como para comprar una obra así. No va a ser tan fácil recuperar el cuadro si estoy en lo cierto.Y a los ladrones, si no tienen ya ese cliente, les auguro un futuro seguro: que vayan llamando a la cárcel para que les preparen la cama.

P.- ¿Comparte la idea de sustituir originales por copias para proteger el arte expuesto?

R.- Es algo de lo que prefiero no hablar (ja,ja). Usted quiere levantar una liebre muy importante. Eso debería hacerse con todo lo robado por los museos a los países que han expoliado.

P.- ¿El arrepentimiento le lleva a pintar cuadros religiosos?

R.- Siempre he robado obras de arte místicas y espero que mi obra transmita ese mensaje. Eso me gusta.

P.- Usted es del Opus Dei y tiene dispensa para pintar retratos de San Josemaría para lugares de culto. ¿Recibe muchos encargos?

R.- Sobre todo he pintado para sus iglesias retablos y retratos, como el de la Virgen Negra de Torreciudad, con oro líquido. Son obras con carga espiritual, como los munch, y todas gratis.

P.- ¿Le gustaría poseer «El Grito»?

R.- Lo he pintado 17 veces; cada vez que estaba triste volvía a él. Me daba cuenta de que había otros más deprimidos. También me lo han pedido clientes, pero siempre de fuera de España, todo sea dicho, porque aquí ni siquiera sabían que existía Munch.

P.- ¿Qué siente un coleccionista cuando logra la pieza codiciada?

R.- Es la explosión de la pasión, pero la pasión sin dinero no funciona. Yo la amo a usted pero si vamos a vivir bajo un puente no hay pasión que valga. Cuando les conseguía una pieza mejor que las otras que ya tenían se les iluminaba la cara de placer, de felicidad.



El detective del saqueo nazi"

Héctor Feliciano reescribe en español la historia del robo de decenas de miles de obras de arte organizado por Hitler y Goering, grandes amantes de la pintura, en la Francia ocupada.

Como muchas grandes historias, ésta empezó por casualidad. En los años ochenta, el puertorriqueño Héctor Feliciano era corresponsal cultural de The Washington Post en París. "Estaba haciendo una nota sobre una exposición, y al acabar la entrevista con el galerista me comentó su extrañeza por que nadie hablara del expolio de obras de arte que sufrió Francia durante la ocupación. La historia me intrigó mucho, me puse a investigar y...".

La investigación duró ocho años. En 1996, Feliciano publicó en francés el libro El museo desaparecido, que sacó a la luz los detalles de uno de los mayores saqueos de la historia: los nazis robaron cientos de miles de obras de arte durante la ocupación de Francia, entre 1940 y 1944. El periodista certificó que sólo en esos cuatro años salieron 29 convoyes desde Francia hacia Alemania "cargados con 100.000 cuadros, esculturas y dibujos procedentes de colecciones privadas, es decir, un tercio del arte que estaba entonces en manos privadas francesas".

La historia no era nueva, porque todas las guerras han tratado la cultura como un botín más; y tampoco era agradable, porque remitía a los tiempos del horror, cuando Adolf Hitler y su número dos, Hermann Goering, planearon, ordenaron y ejecutaron el exterminio judío. Lo espeluznante es que la historia, que había permanecido oculta durante 40 años, revelaba una terrorífica sofisticación de la barbarie: el Reich tuvo tiempo para organizar, de paso, un saqueo de arte cruel y sistemático.

Feliciano, recuerda que "la emoción de Hitler al tomar París fue mucho más que militar". "Por eso, nada más llegar montaron una unidad de saqueo artístico, un equipo de 60 personas con poderes para confiscar, catalogar obras y fotografiar cuadros, transportarlos en las mejores condiciones, incluso restaurarlos si era necesario. Trabajaban como una empresa, como si aquel arte robado fuera a ser suyo siempre".

Y ni siquiera despreciaban el arte degenerado, prohibido en Alemania: "Las obras de los impresionistas y las vanguardias salían al mercado en París o Suiza y allí se intercambian por arte sano, ario, mediante tratos con marchantes y galeristas sin escrúpulos".

"Si los nazis montaron una industria de saqueo", añade Feliciano, "fue sobre todo porque Hitler y Goering eran grandes aficionados al arte. Ese drama definió la magnitud de su expolio. Los dos coleccionaban; Hitler quiso ingresar dos veces en la Academia de Bellas Artes en Viena, y quería montar un Museo de Arte Europeo en Linz (Austria). Goering le dijo a un amigo por carta que quería poseer la mejor colección del mundo. Al morir tenía unas 5.000 piezas. Al menos mil de ellas eran robadas".

Obras de Vermeer, Van Eyck, Goya, Velázquez, Rembrandt, Picasso, Cézanne, Rubens, Dalí, Van Gogh, Brueghel, Durero, Cranach, Matisse, Renoir, Manet, Monet salieron de Francia y fueron desperdigadas por el mundo. "Francia se convirtió en cuatro años en el país más y mejor saqueado de Europa, París dejó de ser la capital mundial del arte. Los nazis robaron 203 colecciones privadas, en las que además de 100.000 obras, muchas de ellas piezas maestras, había medio millón de muebles y un millón de libros".

Sobre todo, y con especial celo, se expolió el patrimonio de los judíos; "pero también de masones, opositores políticos y antiguos mencheviques exiliados". Rotschild, Paul Rosenberg, David David-Weill, Schloss, Kann... Las familias más ricas y cultivadas de entreguerras vieron desaparecer no sólo a muchos parientes ("el dinero no servía para librarse de Auschwitz"), sino los objetos que más habían amado.

Pero cuando Feliciano empezó a investigar, las víctimas no querían hablar. "Para unos era demasiado doloroso, otros se conformaban con haberse salvado...". Convertido a la fuerza en detective del presente y el pasado, Feliciano quería saber cómo se saquearon las colecciones; qué obras había en ellas, dónde estaban ahora. Pero, durante mucho tiempo, su búsqueda fue un rompecabezas "con la mayoría de las fichas perdidas". Lo fue en Francia ("Mitterrand tenía una historia que tapar: fue colaboracionista antes que resistente"), donde los archivos eran secretos; lo fue en la infranqueable (y muy implicada) Suiza, y lo fue en Inglaterra. "Y también en los museos de todo el mundo. Su único lema era: 'Lo que entra no sale".

La llave del secreto estaba en los Archivos Nacionales de Washington: trece millones de páginas alemanas y aliadas sobre el pillaje nazi, sin clasificar, pero a disposición del que se atreviera a meterse en ese bosque. Feliciano lo hizo: accedió a los documentos del servicio secreto de De Gaulle sobre el mercado del arte en la París ocupada; leyó viejos interrogatorios "llenos de mutismos inexplicables"; los cotejó con cientos de entrevistas personales. Y empezó a entender.

Le ayudó mucho "un topo de un ministerio francés, que me animó a seguir por ese camino y me mandó documentos confidenciales". Y el gusto alemán por archivarlo todo. "Allí estaba todo: las obras inventariadas, las fotos... No pensaban que estaban robando, para ellos era lo natural".

Feliciano descubrió que muchos judíos franceses habían escondido sus obras en sitios inverosímiles ante el avance alemán. Y que una gran red de delatores (marchantes, colaboracionistas, porteros, empresas de mudanzas, vecinos...) siempre acababa indicando el lugar exacto a los nazis. "Eso explicaba el enorme milhojas de silencio que se había instalado en Francia".

Poco a poco, a lo largo de ocho años, venció la resistencia de las víctimas, los gobiernos y los conservadores de museos: encontró 2.000 piezas sin reclamar en diversos museos de París, 400 sólo en el Louvre. "Después, Chirac mandaría exponerlas y animaría a los expoliados a reclamarlas. El ejemplo se contagió a otros países. Unas recuperaciones seguían a otras...".

El escándalo suscitado por la publicación del libro en Francia lo llevó luego a Estados Unidos y a Alemania; la versión española de El museo desaparecido llega tarde, pero tiene una ventaja: el autor lo ha reescrito en su lengua materna y lo ha puesto al día. El año pasado se desestimó la querella que le interpuso Wildenstein (poderosa galería que, según demuestra Feliciano, compró obras nazis a precio de ganga).

Ésa es su historia: un periodista inquieto y formado (Historia, Historia del Arte y Literatura Comparada) revela una gigantesca y olvidada avería moral, un pillaje descomunal que en los juicios de Núremberg se calificó como crimen de guerra y luego fue tapado.

Fue en esa misma ciudad donde el morfinómano, genocida y exquisito coleccionista Hermann Goering se suicidó tras ser condenado. Su cadáver fue incinerado en el crematorio de Dachau. Pero su obra le ha sobrevivido: "El arte robado es como el dinero lavado. Llega a la segunda mano y ya está limpio", dice Feliciano.

Aun así, se han devuelto ya a sus legítimos dueños unas 26.000 piezas robadas en Francia; centenares de despojados han iniciado sus reclamaciones; Francia, Suiza, Austria, Reino Unido, Holanda y Estados Unidos han abierto comisiones nacionales sobre el expolio y desclasifican documentos que ayudarán a saber más.

Pero queda mucho por hacer, dice Feliciano. "Los soviéticos se llevaron medio millón de obras de arte de Europa del Este antes de conquistar Berlín. En Europa occidental hay aún al menos 100.000 obras robadas por devolver. Y aunque muchos museos han devuelto ya cientos de obras de acreditada procedencia nazi (la procedencia era un valor de prestigio, hoy puede suponer la devolución), otros muchos, como el Reina Sofía, cuelgan todavía en sus muros obra robada".

Una de ellas, Familia en estado de metamorfosis, del surrealista André Masson, "fue sacada por los nazis de la casa de Pierre David-Weill y acabó llegando al museo madrileño; de acuerdo con los herederos, hoy lo expone cerca del Guernica".

El periodista parece a medias feliz y exhausto: "Sí, es una gran historia. Lo malo es que no tiene final. Muestra, como en Irak, que la cultura es una gran riqueza del alma que los vencedores siempre expolian. Y, a la vez, nos enseña que no debemos fiarnos mucho de los amantes del arte. Viendo los casos de Hitler y Goering, sería una banalidad hacerlo".


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Elmyr de Hory

Elmyr de Hory (nacido 'Hoffmann Elemér') ( Budapest, 1906 – Ibiza, 11 de diciembre de 1976) fue un famoso pintor y falsificador húngaro que durante su vida vendió más de 1.000 falsificaciones de cuadros. Sus falsificaciones ganaron fama después de que Clifford Irving le dedicase un libro, y posteriormente apareciese en el documental Fraude (F for Fake) de Orson Welles.

Es posible que realmente él no fuera ningún falsificador, sino un magnífico imitador de estilos de otros pintores famosos. Elmyr pintaba los cuadros sin firmar y es posible que su marchante pusiera las firmas. Posiblemente, nunca se sabrá si él conocía o no el destino de sus cuadros firmados, aunque él siempre afirmó que era inocente.

Biografía:

Elmyr de Hory nació en 1906 en Budapest, hijo de aristocratas de origen judío. Se fue a vivir a París decidido a ser artista, donde en esa época trabajaban Matisse, Derain, y a menudo iba Picasso. Al llegar la Segunda Guerra Mundial, fue conducido a Alemania. Allí, durante un interrogatorio, la Gestapo le rompió una pierna, tras lo cual fue conducido a un hospital. Un día dejaron la puerta abierta, y se marchó de allí de puntillas.

Tras esto llegó a Budapest, donde se quedó hasta el final de la guerra, momento en el cual volvió a París. Allí vivió en la pobreza, hasta que una amiga suya se fijó en un dibujo de él, confundiéndolo con un Picasso, y lo compró. Elmyr no sintió ningún remordimiento, ya que en esos momentos era por simple supervivencia. Pronto recorrió Europa, vendiendo sus falsos Picassos, con lo cual obtuvo ganancias suficientes para vivir bien.

Posteriormente se trasladó a la isla de Ibiza, donde vivió durante dieciséis años y donde continuó realizando sus obras y donde entabló amistad con muchos ibicencos y residentes extranjeros.

Se suicidó en la isla de Ibiza el 11 de diciembre de 1976, poco después de recibir la noticia de que iba a ser extraditado para ser juzgado por falsificación y después de despedirse de algunos de sus amigos más íntimos de la isla.

      El falsificador de arte que se transformó en estrella de la TV
 
Junto al estafador John Drewe, el pintor John Myatt vendió imitaciones de obras de maestros como Chagall, Matisse y Picasso a casas de subastas y coleccionistas. Tras estar en la cárcel, ha logrado fama al conducir su propio programa: Falsificadores.
Al principio, John Myatt pensó que la llamada telefónica era lo más parecido a un regalo caído del cielo. Luego de que su mujer lo abandonara y a cargo de dos hijos pequeños, Myatt resistía con esfuerzo su inminente quiebra económica. Trabajaba como profesor de arte en algunos colegios del condado de Staffordshire, Inglaterra, y desde hace un tiempo pintaba a pedido, después de publicar un aviso en la revista Private Eye, donde ofrecía: "falsificaciones genuinas. Pinturas del siglo XIX y XX desde 200 dólares". Una tarde de 1986, uno de sus clientes frecuentes, el coleccionista y físico John Drewe, lo llamó con una excelente noticia: su falsificación de un cuadro de Albert Gleizes había sido comprado por 380 mil dólares. Pero había un detalle: la compra la había hecho la casa de subastas Christie's, donde se pensaba que la obra era original.

 

 

Apremiado por las deudas, Myatt no lo pensó dos veces y aceptó su "buena suerte". A la semana le llegó un sobre con la mitad del dinero de la venta. Fue el inicio de una exitosa sociedad delictiva que duró una década y que sumó casi tres millones de dólares en obras falsas de Chagall, Giacometti y Matisse, entre otras, compradas por las casas de subastas Christie's y Sotheby's, además de coleccionistas de Londres, Nueva York y París.

El caso, considerado el mayor fraude de arte del siglo XX, es recogido en un libro que acaba de lanzarse en Inglaterra. Escrito por las periodistas Laney Salisbury y Aly Sujo, The Conman detalla las maquinaciones de Drewe para engañar a expertos y coleccionistas de arte, además de destacar los disímiles finales que tuvieron ambos estafadores.

Mientras Drewe permaneció seis años en la cárcel, Myatt salió libre a los cuatro meses, para luego de unos años convertirse en una celebridad. Desde 2008, el pintor fue fichado para animar su propio programa: Falsificaciones, que se transmite los lunes, a las 18 horas, en el canal de cable Films and Arts (357 en Movistar y 44 en VTR), donde les enseña a tres aspirantes a pintores a imitar el estilo de famosos artistas.

Un profesional de la estafa

John Drewe (1948), el cerebro de la operación, fue siempre un mentiroso compulsivo. De niño engañó a sus amigos, diciendo que era descendiente directo del conde de York y luego, en la veintena, entró a trabajar en una organización de Energía Atómica de Inglaterra, presentando un falso doctorado en física. Aunque era primerizo en las lides del mercado de arte, Drewe, como otros estafadores (ver recuadro), resultó ser un genio a la hora de inventar la procedencia de las obras de Myatt. Se infiltró en los archivos de instituciones de arte como el Victoria Albert Museum y la British National Library, donde introdujo catálogos falsos y adulteró registros sobre el linaje de las obras. Utilizó nombres de personas muertas y convenció a amigos para que firmaran como si fuesen los propietarios de los cuadros. Incluso, donó obras para una subasta a beneficencia, con la condición de tener acceso a los archivos del Instituto de Arte de Londres: de allí robó membretes y falsificó otros tantos documentos.

Mientras, Myatt siguió pintando con gran técnica obras de Le Corbusier o Bissiére, aunque a veces con materiales poco doctos: mezcló emulsiones con jaleas de secado rápido que le hicieron crear obras en días. De 200 lienzos surrealistas, impresionistas y cubistas que pintó, la policía sólo halló 73. "Fui muy negligente. Me gustaría comprar todos esos cuadros y destruirlos", ha dicho el falsificador.

En 1995, dos agentes de Scotland Yard aparecieron en la casa de Myatt. El pintor confesó el crimen y se ofreció para ayudar a capturar a Drewe. Al año, el estafador fue encontrado, pero no paró de mentir: dijo ser el chivo expiatorio para financiar el comercio de armas entre Gran Bretaña, Iraq y Sierra Leona. Todo era falso. En 1998 fue sentenciado a seis años por fraude, falsificación y robo. Myatt fue acusado de conspiración y condenado a un año de cárcel. A los cuatro meses estaba libre por buena conducta. En libertad ayudó a Scotland Yard a detectar otros fraudes de arte. Pronto llegó la fama y la televisión, que transformó por completo su vida. El paradero actual de Drewe se desconoce.