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El arte de robar lo invendible

Por hinchado que esté el mercado del arte, robar una obra maestra sigue siendo un mal negocio.

Si hubiera un museo de obras maestras robadas, tendría 551 Picassos, 43 Van Goghs, 174 Rembrandts, 209 Renoirs, un Vermeer, un Caravaggio, Van Eyck y Cezanne. El famoso Grito de Munch podría llamarse, a estas alturas, el cuadro más robado del mundo.

Ahora la lista incluye Los acantilados de Dieppe, de Monet, el Camino de álamos de Moret, de Sisley y dos obras de Jan Bruegel: La Alegoría del agua y Alegoría de la tierra.

Un oficio poco rentable

A diferencia de otros objetos irreplicables, un cuadro único no tiene el mismo valor en el mercado negro que en el mercado legal. Hay un número limitado de Picassos y de Monets en el mundo y cualquier aficionado al arte sabe cuáles son. Ningún coleccionista o museo, los candidatos más probables a invertir tal cantidad de dinero en una pintura, compraría un Monet robado.

Y, si un coleccionista fanático de Monet lo comprara y lo guardara en su caja fuerte, estaría condenado a perderlo (cuando las autoridades recobraran su pista) o a no mostrarlo jamás. Entonces: ¿por qué las grandes obras maestras de la pintura siguen desapareciendo?

Hay dos motivos principales. El primero es que los museos no son bancos; la gran mayoría tienen un nivel bastante pobre de seguridad. El segundo -y más importante- es que los ladrones no son marchantes de arte. La mayoría de las veces no saben lo que hacen hasta que lo han hecho y, una vez hecho, es demasiado tarde para echarse atrás.

Picasso, el pintor más "robado" del mundo

Hace unos meses, por ejemplo, alguien entró en la casa de Diana Widmaier-Picasso, nieta de Marie-Therese Walter y de Picasso, y se llevó dos piezas del pintor malagueño que habían pertenecido a la familia durante tres generaciones.

No es extraño: Picasso tiene el record de artista más robado del mundo, con 551 piezas robadas. Lo malo es que las piezas valiosas robadas tienden a desaparecer para siempre. Cuando un ladrón se da cuenta de que no puede vender el botín, empieza a quemarle los dedos. Necesita librarse de él.

"Cualquier cuadro de especial valor - explicaba Antonia Kimbell, del registro de Arte Robado de Nueva York -alcanzaría un buen precio en el mercado, pero ningún marchante o coleccionista compraría un Picasso robado".

Johnathan Sazonoff, experto en robos de arte, confirmó que una pieza como ésta es "muy difícil de colocar por ser tan conocida... Robar un Picasso es como robar un cartel que pone: soy un ladrón".

La desaparición de la Mona Lisa

En 1911, el cuadro más famoso del mundo desapareció de las paredes del Louvre de la noche a la mañana. Tardaron horas en darse cuenta pero, cuando corrió la voz, la noticia fue devastadora. La policía pasó semanas investigando a todos los trabajadores del museo y a todos los amantes de arte que estaban entonces en la ciudad. Esa lista incluía, irónicamente, al mismísimo Picasso. Y, al final, nada. La Mona Lisa había desaparecido, quizá para siempre.

Cuando, unas semanas más tarde, el museo reabrió sus puertas sin ella, muchos la lloraron como si hubiera muerto un ser querido. Colas enteras de gente que llegaba de todas partes a mirar el hueco que había quedado tras su desaparición, como si fuera un velatorio. Alguien llevó flores y las dejó en el suelo. Y así, hasta dos años más tarde, cuando el cuadro fue encontrado en la casa de Vincenzo Peruggia.

Dos años en un salón

El robo ni siquiera había sido idea suya. Se le ocurrió a Eduardo de Valierno, un artista de retratos amigo suyo, cuya genial idea era hacer varias copias de la obra y venderlas en distintas partes del mundo como si fueran la original. Peruggia había sido contratado unos meses antes por el museo para poner cristales en algunos marcos, así que se conocía el Louvre muy bien. En un descuido robó el cuadro y se lo dio a un pintor para que hiciera las réplicas.

El problema llegó más tarde, cuando Valierno escapó con las copias y dejó a Peruggia en su casa con el original. Al cabo de dos años, cansado de esperar, el apresurado ladrón decidió venderlo. A las dos horas de contactar al primer marchante, la policía entró en su casa y se llevó ladrón y cuadro. La Mona Lisa regresó a su sitio en 1913 y se convirtió en la pieza de arte mejor vigilada del mundo.

¿Un robo por amor?

Aunque el robo del Museo Jules Chéret ha sorprendido a las autoridades, la policía de Niza confía en encontrar a los cacos esta misma semana. Como bien mostraba la película danesa Rembrandt , sobre el robo de un cuadro en Dinamarca en enero de 1999, los ladrones de arte no suelen ser expertos en arte, sino chorizos atraídos por una pieza de incalculable valor en un museo mal protegido. No saben que, una vez robado, no podrán venderlo.

Salvo que el robo no sea por dinero, sino por amor. Juan Fornéris, el conservador que robó esos mismos cuadros en 1997, acaba de salir de la cárcel. Aunque poco probable, qué romántico y qué peliculero sería que hubiese vuelto a por los cuadros que perdió en el puerto de Saint-Laurent-du-Var.