localización arte falsificadoA

Robo de cuadros y objetos artísticos, el gran negocio del siglo XXI

El acceso ilícito a las grandes obras de arte de la humanidad nunca fue tan fácil como en la actualidad. En Francia, el año pasado ese tipo de robos se multiplicaron por dos. Quiénes son los que roban y quiénes los que compran en el mercado negro.

Si alguien soñó alguna vez con tener en su casa alguna de las obras de arte más vislumbrantes de la historia de la humanidad, ese sueño nunca había estado tan al alcance de la mano como hoy. La única concesión necesaria exige que, para poseerlas, es preciso adquirirlas en los circuitos clandestinos.

El mercado internacional del arte desborda de centenas de obras y objetos de arte robados en los museos y castillos del Viejo Continente. Con 7000 objetos de arte robados cada año, Francia es, detrás de Italia, el segundo país más saqueado de Europa. En el curso de 2003, el robo de cuadros y otras piezas se multiplicó por dos en los museos franceses. El episodio más reciente que ilustra la osadía de los ladrones y la facilidad con que, a veces, es posible actuar es el robo de La Madona y El Grito, dos cuadros del pintor Munch sustraídos ante las cámaras de vigilancia de un museo de Oslo.

La Dirección Central de la policía judicial francesa (DCPJ) estableció una lista detallada de los asaltos cometidos el año pasado: 37 museos robados (16 en 2002), 467 castillos desvalijados, 227 iglesias y otras sedes religiosas vaciadas, 121 galerías de arte asaltadas y 5859 particulares saqueados. El tesoro de esos hurtos asciende a varios cientos de millones de dólares. Según Yves Lacroix, encargado de la prevención en la Dirección de los Museos de Francia, los 1200 establecimientos con que cuenta el país podrían convertirse en el “nuevo territorio de caza” de los ladrones “artísticos”.

Watteau, Picasso, Dubuffet, Kjino, Munch, libros antiguos y hasta un sombrero precolombino del Perú robado en el Museum de la capital francesa, la lista es inestimable. Por más protegidas que estén, no hay pieza antigua u obra de arte que se salve del apetito de los ladrones. Los autores de estos actos tienen perfiles diversos. Los especialistas franceses los han clasificado en tres categorías distintas: los “coleccionistas compulsivos”, los “traficantes de ocasión”
y las “redes de profesionales”.

Los coleccionistas compulsivos se asemejan al célebre Stéphane Breitweizer, un alsaciano de 32 años responsable de 174 robos perpetrados en museos y castillos franceses entre los años 1995 y 2001. Breitweizer, que había redactado 500 páginas con detalles de su preciosa colección, justificó sus actos argumentando su “pasión devoradora” por el arte en general. Sin embargo, no todos son tan apasionados. “El perfil de un ladrón es muy variado”, comenta Roger Lembert, director de la Oficina Central de la lucha contra el tráfico de Bienes Culturales (OCBC). Los psicólogos describen a personajes de la talla de Breitweizer como individuos “inmaduros, con tendencias narcisistas”. Roger Lembert reconoce que se trata de “casos patológicos y resulta muy difícil arrestarlos. Actúan a lo largo de los años y nunca ponen en circulación las obras robadas”.


Si algunos, como Breitweizer, pasan al acto de manera compulsiva, la gran mayoría lo hace por motivos más interesados. A ese sector pertenecen los traficantes de ocasión. Aunque no conocen prácticamente nada de arte, ignoran el valor de las obras que se llevan y carecen de los circuitos paralelos para “lavar” el producto de sus robos, esos traficantes emplean métodos de comando militar. “Son como las gallinas que, en vez de ponerlos, se encuentran un huevo de oro por el camino. Por lo general, su falta de conocimiento en la materia los lleva a cometer errores fatales”, dicen los especialistas. Los traficantes de ocasión no actúan como estetas.

En el curso de 2002, siete asaltantes entraron en el domicilio de una gran familia de mecenas franceses, ataron a los propietarios y amenazaron a dos niños con un revólver en la boca y en la nuca. Al final se llevaron 17 esculturas antiguas y 257 cuadros, entre los cuales figuraban obras de Picasso, Buffet, Van Dongen, Dufy y Cézane. Dos años más tarde, como no habían podido vender el tesoro en el circuito internacional, la policía los arrestó en París cuando estaban negociando las obras.

Los investigadores resaltan con todo que el porcentaje más amplio de robos corresponde a las acciones de bandas perfectamente organizadas. Estas, según el coronel Lembert, “responden antes que todo a las tendencias de un mercado que conocen como las líneas de sus manos”. Esos grupos se mueven en estructuras jerarquizadas y perfectamente informadas de los sistemas de seguridad que protegen los establecimientos y las casas de los propietarios de las obras.

Lembert precisa al respecto que el producto de los robos “desaparece rápidamente en manos de revendedores especializados en arte, muebles antiguos y piezas de colección”. Para los expertos, son esas mismas bandas las que osan robar piezas como El Grito. Como tienen un valor inestimable y son, de alguna manera, invendibles, lo que terminan haciendo es negociar una suerte de “rescate” con las autoridades de los museos robados. Las otras piezas antiguas pasan las fronteras con rumbo a los Estados Unidos o Japón.

“Las rutas son perfectamente conocidas de los especialistas. Holanda y Bélgica constituyen dos ejes del tráfico de objetos de colección. En ambos países, el transporte de antigüedades no está prohibido. Si el personal de la aduana no es capaz de evaluar la pieza, ésta pasa la frontera sin problema alguno”, comenta un experto francés.

En cuanto a los cuadros de los grandes maestros, el viaje es más corto. Los investigadores saben que el destino preferido de estas obras de arte son generalmente Italia y Suiza, donde terminan escondidas en las mansiones de los jefes de la mafia rusa o italiana. También existen personajes incrustados en el corazón del sistema cultural y que terminan convirtiéndose en ladrones de los objetos que tienen por misión proteger. Hace unos meses, la policía arrestó a Michel Garel, el jefe del departamento de manuscritos antiguos de la Biblioteca Nacional Francesa. Garel robó y mutiló cinco textos religiosos de los siglos XIII, XVI y XV, entre ellos un manuscrito hebreo del siglo XV rematado en el año 2000. La obra, compuesta por el Pentateuco, las Lecciones de los Profetas, las Lamentaciones y el Eclesiastés fue vendida en los Estados Unidos por más de 300 mil dólares.

El incremento espectacular de los robos no es ajeno a las facilidades que ofrece internet. “La red es un túnel ideal por donde se pueden vender muchas piezas y pasar desapercibido”, comenta Martín, un ladrón de museos y castillos cuyas andanzas movilizaron a la policía del Viejo Continente durante la década de los 80. Martín reconoce que “hay museos donde robar un cuadro es un juego de niños. A veces basta con ponerse delante y cortar la tela. El medio está poseído por la gula, la pasión y hasta una cosa que yo calificaría de esquizofrenia. Existen coleccionistas mafiosos que compiten entre sí para ver quién posee la obra más extraordinaria. Es un juego. Quienes roban las piezas corren muchos riesgos, pero la recompensa es millonaria”.

En ese contexto, la red internet se ha convertido en el nuevo El Dorado de los ladrones. Los territorios de destino ya no son Suiza, Andorra, Mónaco o San Marino, sino los países de Europa del Este. Indefensa, la policía no cuenta con los medios técnicos suficientes para seguir la huella de los cuadros y objetos hurtados. Según informaciones precisas, los servicios de seguridad apenas consiguen un 18 por ciento de fotografías o descripciones de las obras robadas. El 80 por ciento restante “es invisible”, admite un investigador. La Oficina Central de lucha contra el tráfico de Bienes Culturales posee, sin embargo, uno de los programas informáticos más potentes que existen en la materia. El OCBC dispone de una base de datos de obras de arte robadas con 40.000 referencias e imágenes de objetos “esfumados”.

El programase llama Treima (Thesaurus de investigaciones electrónicas e ingeniería en materiales artísticos) y está previsto que los profesionales del mercado del arte puedan utilizarlo en el futuro a fin de verificar que la obra que están adquiriendo no figura en el catálogo de los robos. Un gran especialista de la seguridad de las obras de arte resume así la imposibilidad de protegerlas: “Las obras están siempre en peligro porque se encuentran en una situación paradójica: presentar una obra significa ponerla en peligro, la humedad, la luz, el aliento de la gente que visita los museos. El robo no hace más que agravar el problema”. La célebre Gioconda corrió la misma suerte a principios de siglo XX. Fue robada del Museo del Louvre el 21 de agosto de 1911 y recuperada recién a finales de 1913. Entre tanto, la policía sospechó que el ladrón era el mismo Picasso y puso preso al poeta Guillaume Apollinaire. El autor del robo era Vincenzo Perrugia, un obrero italiano que trabajaba en el Louvre. Descubierto cuando intentaba vender la Mona Lisa en Florencia, Perrugia declaró que un misterioso alemán le había aconsejado llevarse el cuadro para restituirlo a Italia y, así, pasar a la historia.