Padre coraje frances
Sábado, 30 de Octubre de 2010 12:56

 Detectives barcelona amenazas

TRAS 27 AÑOS, CAZÓ AL ASESINO DE SU HIJA

André se dejó la vida y el dinero siguiendo los pasos del médico alemán, amante de su ex mujer, que «accidentalmente» mató a su hija. Lo entregó maniatado y apaleado

El cuerpo del doctor Krombach apareció encadenado a la reja de un portal en una calle de Mullhouse (este de Francia). Tenía atados los pies y las manos. También presentaba signos de violencia. Sobre todo en la cara. Y estaba vivo. La policía lo encontró gracias a una misteriosa llamada anónima. Tenía acento eslavo el interlocutor. Y se trataba de André Bamberski, padre de la adolescente (14 años) que el doctor Krombach asesinó en 1982 «accidentalmente».

Al médico, que era el compañero sentimental de la madre de Kalinka -así se llama la víctima-, se le fue la mano con una inyección terapéutica en 1982 y Kalinka falleció. Pese a que la justicia francesa lo condenó en contumacia a 15 años de prisión en 1995, como Dieter Krombach se encontraba fuera del país no había expiado el delito.

Tres décadas ha tardado André Bamberski, el padre, en lograr presentárselo a la justicia. La manera en que lo ha hecho puede costarle 10 años de cárcel -secuestro, agresión, asociación de malhechores-, pero el hipotético castigo se ha convertido en una anécdota para el justiciero. Porque ha dedicado su vida y su dinero a maniatar a Krombach.

Bamberski ha suplantado a la justicia porque la justicia redundaba en la indolencia y el laxismo. «Me siento aliviado. Estoy en paz conmigo mismo. También mi hija estará en paz. He dedicado mi vida a esta búsqueda. Asumo ahora todo lo que pueda ocurrirme. Nunca pensé matar a Krombach. Mi única sed era la de justicia».

El fin de semana pasado se resolvió la deuda. No han trascendido todos los detalles del secuestro, pero está bastante claro que André Bamberski, experto contable, de origen polaco, 72 años, había recurrido a unos profesionales rusos del espionaje y de la extorsión para secuestrar al reo en la morada germana donde vivía.

El comando, compuesto por tres personas, lo condujo desde Baviera hasta la frontera francesa y lo exhibió como un criminal en la reja donde terminó encontrándolo la policía. Le dieron una paliza, ensañándose particularmente con su cara. Lo amenazaron de muerte.

Krombach se expone ahora a un verdadero proceso. Que no es el primero, puesto que su historial de médico y de violador impune se había resentido de otros episodios increíbles. Únicamente fue condenado a 24 meses de prisión después de haberse probado que anestesió y violó a una paciente de 16 años en 1997. Se le prohibió a partir de entonces ejercer la medicina, pero Krombach, cardiólogo de profesión y ginecólogo desinhibido en las horas libres, fue capaz de sortear los extremos de la sentencia. Al menos hasta que el hallazgo de su clínica clandestina y la noticia de otras estafas le costaron 28 meses de prisión en 2007.

André Bamberski aguardaba el día de la salida. Descontaba el tiempo que restaba al ajuste de cuentas. Conoce desde hace 27 años todos los movimientos y todos los deslices del homicida. Ha creado una asociación con el nombre de su hija para desenmascarar a violadores y asesinos impunes. De hecho, las pesquisas extraoficiales que ha llevado a cabo con los detectives, los matones y voluntarios, concluyen que Krombach podría haber abusado sexualmente de ocho mujeres.

¿Por qué la justicia no ha intervenido? ¿Qué razones explicarían la indolencia con que Francia y Alemania han perdido de vista los delitos del doctor? ¿Acaso le beneficia un estatus especial? Es verdad que la apertura del proceso a Krombach por el homicidio de Kalinka se resolvió con una condena elocuente, pero las autoridades germanas y francesas han dormido el expediente del mandato de búsqueda internacional.

Nunca se ha producido la persecución del fugitivo. Tampoco se ha concedido el menor interés a las informaciones que filtraba Bamberski desde su célula doméstica de crisis. Contrató una agencia de detectives privados, localizó los domicilios en los que el doctor se refugiaba. Incluso fue capaz de identificarlo en destinos tan extravagantes como en Egipto. Allí donde Krombach pasaba sus vacaciones invernales.

«La justicia se ha reído de mí», objeta Bamberski. «Los magistrados se han inhibido de sus responsabilidades. Me han tomado como un loco, un iluminado, un obseso. Ahora no tienen otro remedio que juzgar al asesino de mi hija».

Bamberski no tiene dudas. A Krombach lo han protegido, pero no sabe explicar las razones. Le ha concedido 27 años a la justicia. Ha confiado en los recursos y ha consumido 300.000 euros en abogados y esfuerzos jurídicos. Se ha abstenido de la venganza, pero no quería marcharse a la tumba sin haber resuelto el segundo gran problema de su vida. El primero, claro, fue la muerte de Kalinka.

Se produjo el crimen en julio de 1982, concretamente en la localidad germana de Landau. Kalinka tenía 14 años y se encontraba en el domicilio del médico porque era su padrastro circunstancial. Le aplicó una inyección intravenosa. No está claro si para anestesiarla, aunque la dosis provocó el fallecimiento de la muchacha. La versión de la muerte accidental prevaleció hasta que Bamberski puso una denuncia porque estaba seguro del «homicidio voluntario». Once años más tarde, la justicia le otorgaba la razón y condenaba al médico sin que estuviera presente en la sala.

La carambola del secuestro-express implica ahora un rocambolesco y sobrecargado escenario. Krombach debe responder del homicidio y de la fuga, mientras que André Bamberski será procesado por haber orquestado un secuestro.

Ha dejado tantas pruebas y muchas de ellas premeditadamente que no podía sorprenderle la presencia de una patrulla en su domicilio. Estaba sereno cuando lo arrestaron y sereno cuando lo pusieron en la calle en libertad vigilada.

Distintas evidencias acreditan que Bamberski se encontraba en Mulhouse el pasado domingo. Había una habitación a su nombre en un hotel y se han encontrado 19.000 euros en metálico. Probablemente el dinero -o parte- que el padre de Kalinka iba a emplear para agradecer al comando ruso el transporte del doctor Krombach: 300 kilómetros por carretera y de suplicio a bordo de un vehículo en el que podría viajar Bamberski.

Ha confesado su complicidad en la operación, aunque la policía francesa y la justicia saben hacer cuentas y han comprendido que Bamberski se ha dejado atrapar. No le preocupa su porvenir entre rejas. Ni siquiera su obsesión por llevarlo ante la ley ha llegado al extremo de alentarlo a ajusticiar al asesino de su hija.

Podría haberlo hecho en muchas ocasiones. Lo tuvo a tiro en El Cairo, en Viena. Pudo haberlo despachado en Berlín o en un chalé que Dieter Krombach ocupó ocasionalmente junto al lago suizo de Constancia.

Cree en Dios, en Cristo y en el imperativo del quinto mandamiento. En lo que no creía era en la justicia. Por eso la ha transgredido y va a escarmentarse en la cárcel.